Editorial

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La paz detrás de unos no cuerdos

Sorprende, por decirlo suavemente, la canallada de quienes se niegan a un futuro promisorio luego del desarme definitivo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC- EP).Pareciera que alimentados por unos medios de comunicación carroñeros no avizoraran un escenario diferente para sus descendientes, que no se cansaran de tanta mortandad, que se deleitaran en los horrores de la guerra. Sorprende, no a los ojos de este cronista desconcertado frente a un escenario tan real como cruel, sino a los ojos de la comunidad internacional, esa que desde muchos rincones del planeta ha aprobado el “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”, firmado entre el Gobierno Nacional y el grupo guerrillero en mención, y sorprende porque no se entiende cómo pueden haber quienes hagan campaña en contra de ello.

Y es que ver detrás de los púlpitos de las empresas, perdón, de las iglesias cristianas de todas las denominaciones, dentro de las cuestionadas sotanas de un cuerpo religioso que predica pero no aplica, o de los lustrosos trajes de empresarios y pseudopolíticos; el ver tras las pantallas, leer en las páginas o escuchar en las ondas hertzianas de unos medios y un periodismo deleznable, unas sonrisas dulzarronas, miradas candorosas, encantadores discursos y poses de seres ecuánimes, a una sarta de inescrupulosos manipulando, enajenando, diciendo que digan ‘No’ porque se encuentran alineados y alienados con y por el concepto de quien intentó y no pudo por la fuerza doblegar a un grupo señalado de cometer tantos crímenes como los que patrocinaron los dueños del poder en todas sus dimensiones, de quien trató y no pudo negociar con ellos pretendiendo cambiar la Constitución como lo hizo para ser reelegido luego de perder un referendo; verlos respaldando a quien soliviantó a todo una sociedad con su sed de venganza personal, entregándola a una guerra fratricida, o verlos doblar sus rodillas y alzar sus miradas al cielo en un ritual hipócrita y macabro, ya deja de sorprender para producir náuseas y abominación, al punto que uno se llega a preguntar, ¿quiénes son más faltos de cordura, si los que han empuñado las armas en la guerra por más de cinco décadas o quienes inveterada e impunemente la propugnan desde los campos de la influencia?

Se llega a entender que una sociedad en la ‘Era de la Influencia’ ataque tratando de defenderse, es decir que se conformen o fortalezcan ejércitos oficiales o subversivos y que se obliguen a matarse entre ellos a los más pobres, porque ese es o ha sido el accionar de la guerra a lo largo de la existencia humana, bien sea por motivos insignificantes o justificados. Se acepta que al habitar en una sociedad de corte capitalista o monetarista se defienda la propiedad privada, y que todo cuanto la vulnere debe ser repelido, máxime si existe el uso de la fuerza o la violencia; todo ello y más, puede aceptarse como propio de las circunstancias de un país tercermundista con enormes desigualdades y con una de las economías con mayor concentración de riqueza en pocas manos; pero lo que no se logra entender es, cómo es que teniendo la oportunidad de parar esta máquina de producir muerte, desarraigo, pobreza, desolación, dolor… se le quiera seguir apretando el acelerador de manera irracional sin importar el futuro de las nuevas generaciones, y se quiera hablar de amor por Colombia, de temor a Dios y de equilibrio social, como si esto no fuera actuar en contra de esos preceptos que hipócrita y vilmente se defienden. No se hace comprensible la insensibilidad de quienes muestran el rostro de una sociedad enferma, ni el desprendimiento de la voluntad de quienes han perdido su capacidad de asimilar esa realidad que los atropella y les hace doblegar imperceptible y dócilmente su cerviz, mientras engulle los preceptos que le enajenan.

Por todo lo anterior y a sabiendas que aunque los mencionados acuerdos no son el camino perfecto hacia la paz, sino apenas su piedra angular; pese a que hay puntos que no comparto, los cuales sirven de punta de lanza a las huestes homofóbicas, y que en mi humilde opinión han debido ser tratados en otro escenario; a que hay grandes ausencias en el contenido del mencionado Acuerdo, las cuales se calla el Senador de ubérrimo espíritu guerrerista, como es la aplicación de la pena capital al corrupto reincidente; o la suscripción de acuerdos proteccionistas en los Tratados de Libre Comercio los cuales afectan hoy por hoy a la producción nacional, o la congelación de cualquier  tipo de entrega a las transnacionales para la explotación de los recursos naturales y estratégicos al menos en las tres décadas siguientes garantizando una real soberanía; pese a que todo ello pueda ser considerado de suprema ingenuidad e incoherencia por los eruditos politólogos, yo salvo mi responsabilidad y hago mi contribución en la búsqueda de una sociedad mucho más armónica, marcando el próximo 2 de octubre la opción ‘Sí’.

Por: Ángel David Esguerra Tache

Premio Nacional de Periodismo ‘Antonio Nariño’ 2014.

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